[infobox]La iridiscente trascendencia de los paisajes de Alfonso Ariza[/infobox]

 

[twocl]”Se trata de pinturas intuitivas que buscan trascendencia como reflejo de algo más elevado”[/twocl]

Lo primero que le pregunté a Alfonso Ariza cuando llegué a su estudio y vi uno de sus espléndidos polípticos fue si tenía conciencia de que, considerando los derroteros del arte contemporáneo, su obra resultaba absolutamente extemporánea. Su respuesta fue una amplia sonrisa, hecho que no es muy común en su personalidad más bien seria y sosegada. Y es que la pregunta realmente sobraba, puesto que es evidente que en muchos aspectos a Ariza le interesan asuntos completamente ajenos a las tendencias artísticas del momento, y aún contrarios al arte contemporáneo.

Lejos, por ejemplo, del pintor, la idea de encargar a otros sus pinturas como es usual en el arte más actual. Concebir una imagen y plasmarla, medir y seleccionar los colores y aplicarlos en ocasiones suavemente y otras veces con fuerza espontánea, constituye un ritual sin el cual se perdería el placer del oficio, el gozo de dar a luz imágenes, la conciencia de lo que se está pintando. Es decir, para Ariza, al margen de ciertas vanguardias del arte contemporáneo, sí cuenta la autoría. El artista tiene que plasmar de sus manos sus conceptos estéticos para que no los traicione el traductor, y para transmitir a la pintura una dimensión espiritual, trascendente, que sólo se puede imbuir por contacto directo.

Colabora con la singularidad de la pintura de Ariza, su técnica y su manera de producir imágenes. Sus materiales, piedras semipreciosas molidas hasta el polvo y aplicadas con agua y cola de acuerdo con la más ortodoxa metodología japonesa, al igual que el uso de la laminilla de oro y plata, producen unos efectos cromáticos deslumbrantes. El azul radiante del lapislázuli, el atractivo verde de la malaquita, el rojo vivo del coral, el blanco trasparente del cuarzo, las tonalidades en general iridiscentes de los minerales, producen valores tonales únicos, vivos, cambiantes, permitiendo comprender plenamente las razones del artista para bautizar esta exposición como alquimia de la luz.

Como es natural, esta manera de pintar produce una especial textura, de tal forma que las superficies de sus obras pueden pasar de la tersura a la granulación según las prioridades de la representación. Y estas calidades texturales colaboran igualmente con la manera como sus lienzos se apropian de la luz y la proyectan, como la absorben o la reflejan, como se impregnan de su energía y como se producen cambios debido a sus efectos.

También le interesa a Ariza en contravía del arte contemporáneo, la representación, plasmar una imagen de algo que puede ser reconocible pero que no es remplazable por la realidad puesto que la manera de representarlo le otorgó una calidad única y una carga de ideas, sentimientos y emociones que la singulariza y que impone la manera cómo debe apreciarse, o mejor cómo debe experimentarse, disfrutarse, meditarse.

Finalmente, otra vez al margen del arte contemporáneo, la obra de Ariza no busca transgredir, ni subvertir, ni deslindarse de las enseñanzas del pasado, sino todo lo contrario, proseguir, profundizar, extender, construir y proyectarse a partir de lo ya realizado hacia lo por realizar. El efecto de su ciclo de estudios académicos en pintura clásica japonesa se percibe claramente tanto en la calidad introspectiva de su producción como en su inclinación por el paisaje y en la relación que permiten entrever entre el artista y la naturaleza. Se trata de pinturas intuitivas y emocionales que buscan trascendencia como reflejo de algo más elevado que queda sólo esbozado, sugerido, para ser interpretado por el espectador. Como en la pintura japonesa, el oro ocupa un lugar fundamental en muchos de sus lienzos en los cuales simboliza la atmósfera, el aire, el vacío o la luz.

Sus representaciones no son necesariamente de un lugar determinado, a veces provienen de dos o más lugares diferentes y por regla general no acusan el punto de vista tradicional de la pintura de paisajes, sino que da la impresión de que el artista estuviera observando el panorama desde cierta elevación. Son pinturas de panoramas y parajes de varios lugares del planeta, aunque por supuesto, un buen número se apoya en aspectos y zonas del territorio colombiano. Algunos resumen extensiones inmensas, en otros se detienen en pequeños espacios o en detalles como la vegetación, en particular, en los frailejones cuya aterciopelada presencia emerge a veces del dorado del fondo y otras veces parecieran haber sido plasmados con la pasión ejecutora de las múltiples pinceladas circulares de algunas pinturas de Van Gogh.

Como miembro de una familia de artistas no hay duda que en la vocación de Alfonso Ariza cuenta su ascendencia: su abuelo, el destacado fotógrafo de comienzos del siglo XX Aristides Ariza, a quien se deben algunos de los más logrados retratos de la época, su madre la escritora y poeta Susana Rubio y por supuesto su padre, el extraordinario Gonzalo Ariza, pintor de paisajes inefables que le otorgaron dignidad artística a distintas regiones del país. Pues bien, Alfonso Ariza se reconoce heredero de todo ello, y mucho más, se considera como parte de un continuum, de un todo que deviene del principio de los tiempos y se proyectará hasta el final, a través de individualidades originales pero espiritualmente concatenadas, de personalidades en un estado de conexión con algo inconmensurable e indestructible, algo que es la esencia de todos los seres y las cosas.

No obstante todo lo dicho hasta el momento, hay algo en lo que sí coinciden la obra de Alfonso Ariza y el arte contemporáneo y es en que si bien la obra del pintor invita a la contemplación también invita a la reflexión como el arte contemporáneo. Solo que las reflexiones que suscitan cada cual son de muy diversa índole. Los pensamientos que impele el arte contemporáneo por lo general son críticos y giran alrededor de la sociedad, la identidad y lo sistemas de poder en los ámbitos artísticos y políticos, en tanto que los que impulsa la obra de Ariza son más bien de exaltación de la naturaleza incluido el ser humano, y giran alrededor del espíritu, la trascendencia, la iluminación y la eternidad.

La pintura de Alfonso Ariza, en conclusión, no es extemporánea, más bien, como dice el mismo artista, atemporal, pero no sólo porque su realización se aparta de los métodos, sistemas y propósitos del grueso de las obras que se realizan internacionalmente en este momento, sino porque los contenidos que busca infundirle a sus lienzos son aplicables y valederos para el hombre y la sociedad de todos los tiempos.

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