[infobox]ALFONSO ARIZA: ENTRE EL AMOR Y LA MUERTE, PINTURAS[/infobox]

[twocl]Fue en Guasca, en las lejanías de los senderos de la Posada de Siecha, y en el anochecer de los páramos, se empozaba una oscuridad siniestra, de espesas nubes negras que asfixiaban el alto horizonte de las montañas de la cordillera.[/twocl]

Pero más al oriente, en extraña vecindad con la línea de la oscuridad, se vislumbra el velo de un espléndido resplandor en la ciudad cercana. Bajo aquella agonía de la tarde, Alfonso Ariza trasegó solitario por los vallados de sauces y espinos que bordean el torrente del río. Tal vez fue una reflexión solitaria bajo aquel incierto y aciago anochecer y alguien le escucho referir después que había tropezado con una gran cruz , erguida e intacta entre la ventisca de aquellas cumbres yermas.

Y la otra noche, ya tenía un esbozo del cuadro de aquel atardecer: una gran cruz caída, sobre un pastizal sombrío, bajo ese círculo de arreboles de sangre y horror, en un anochecer de tanto sombro y temor, como pequeña y tenaz es el alma en los momentos del amor o la muerte. Ese sobrecogedor instante de Alfonso Ariza, que aún antes de su culminación puede convertirse en una de las grandes obras de la moderna pintura colombiana, señala en realidad todo lo que es Ariza, El Jóven. La obra no cuenta lo que vio el pintor, sino lo que sintió el artista durante ese dramático crepúsculo.

En primer lugar, derribó la cruz que se erguía contra la oscuridad. Y lo que la asedia, no es un paisaje, no es una descripción de la floresta o del horizonte de nubes. Lo que se maneja allí es un concepto, una desgarradora percepción visual de lo que sintió un hombre, en este caso un artista, en aquel momento en que luchaban las fuerzas del día y de la noche.

Es que para los que hemos amado las novelas como Joseph Conrad encontramos una angustia metafísica que fluye, secreta pero inexorable, en cada una de las obras de Alfonso Ariza. Lo cierto es que sus paisajes no existen en la realidad. Son apenas elaboraciones mentales, pura fuerza de espíritu, que se perfilan en sus sembrados de espigas. Lo que en realidad atrapó, Ariza el joven fue el viento, la fuerza invisible de la naturaleza. Y más allá del viento, sobre el sembradío, “el eco de otras voces y otros ámbitos”.

Elaboración holandesa y técnica japonesa en la densa urdimbre de sus geografías, Ariza entrega en sus florestas “el laberinto de la soledad” andina, dentro de una cabal expresión de conceptos metafísicos a través de ciertos niveles geográficos del estadio de la vida humana. Aunque alguien los podría denominar como paisajes abstractos, no obstante su aparente superficie figurativa, lo cierto es que cada obra suya constituye una visión interior de fuerzas secretas que yacen allí en los paraísos perdidos. Dentro de un ámbito de infinita soledad, como si fuera el paisaje espiritual del día siguiente al juicio final, este artista desata en cada una de sus obras fuerzas misteriosas que hemos visto, por ejemplo, en “El Triunfo de la Muerte” de Brueghel el joven o en novelas como “un pasaje a la india” de Forster, o “La Línea de sombra” de Joseph Conard. La misma fuerza de la naturaleza, que va de lo atávico a lo sobrenatural, que han esbozado en la literatura colombiana un José Eustasio Rivera en algunos pasajes de la Vorágine o Alvaro Mutis en ciertas errancias del Gaviero. Es decir, mientras Brueguel el viejo pintó hermosos paisajes, Brueguel el Joven lo superó viajando hacia el fondo de la angustia y de la muerte que ocultaban aquellos paisajes. Se trata de aquella misma fuerza entre mísitica y orate que irradian los rostros, aún de santos, pintados por un Rembrant o un Greco, y que ahora es presencia desgarradora, onírica, por momentos apocalíptica, que emana de los trigales o las florestas andinas de Alfonso Ariza.

Por ello es necesario repetirlo: Sus paisajes no existen como una expresión geográfica pues son la angustia del alma del alma elevada a niveles poéticos de muerte y la vida, que se extienden en obras suyas como aquella estepa solitaria con una gigantesca puerta abierta hacia la nada o enaquel sobrecogedor, casi doloroso, espantapájaros que como un vigilante de la soledad del alma humana se abre cual ave agorera en medio del desolado plantío de frutos del hombre. ¿No será el vigilante metafísico del huerto perdido de la sospechosa felicidad humana?

En fin, la propuesta de Ariza, El Joven tal vez tenga un mensaje que solo puede percibir una minoría elegida, aquella misma minoría que ama la perversa belleza que nos propuso como estética un poeta de la estatura de Edgar Allan Poe. Es la concepción del arte como viaje a zonas insoldables del alma humana. Por ello los “paisajes” de Alfonso Ariza desvelan en la geografía colombiana “el oscuro pedernal” que descubrió el gran Porfirio Barba Jacob en el alma de los colombianos.

Por entre los caminos que se bifurcan en las montañas, deambula solitario Alfonso Ariza. Camina por las soledades de los páramos. Las tierras altas y yermas, pero no baldías. Penetra en la entraña de la confrontación del hombre y el paisaje. Y su obra es la cima de las Cumbres Borrascosas.

Germán Santamaría

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