[infobox]Alfonso Ariza[/infobox]

[twocl]La producción de la imagen latinoamericana moderna se ha conformado a saltos, transitando desde una realidad representada a una representación válida por sí misma.[/twocl]

En esta secuencia, la relación del hombre con la naturaleza y la cultura se enfrentó a situaciones determinantes: desde el fermento de la Ilustración europea en la época colonial, a las necesidades imperiosas de las culturas fuertes -europea primero, norteamericana después- dispuestas a renovar formas agotadas o contenidos desfasados de su entorno real, experimentando nuevos lenguajes expresivos acordes a las nuevas realidades de una historia convulsa en el siglo XX.

Sumado a estos acontecimientos aparece el conjunto portentoso del muralismo mexicano -primera actitud propiamente americana- que avanzando entre conmociones políticas, sociales y culturales, se convierte en muro de resistencia a la simple imitación del modelo europeo y resguardo de una iconografía propia. La pintura mural mexicana tendrá una gran influencia en la producción estética de países como Colombia, Ecuador y Brasil.

Es en este contexto donde se desarrolla el paisajismo americano, género que, como otros, es conocido a partir de la llegada de los maestros académicos europeos quienes trabajaron el paisaje con sentido histórico, filosófico o costumbrista. Pero es realmente en el siglo XX cuando se afianza el paisaje como género, adquiriendo una proliferación asombrosa en México, Colombia y Brasil, países donde surgen grandes pintores paisajistas como, en el caso puntual de Colombia e iniciando la modernidad, Roberto Páramo, Andrés Santa María o Ignacio Gómez Jaramillo.

La obra de Alfonso Ariza, pintor colombiano que presenta la serie de paisajes que hoy exhibe la Manzana de la Rivera, se produce en este escenario latinoamericano saturado de historias propias y ajenas: paisajes que el artista denomina “Alquimia del alma”, y están apoyados en grandes formatos elaborados con técnicas mixtas que evidencian la fuerte influencia de la pintura popular japonesa en la que el artista se especializó.

En la pintura de Ariza, donde la línea es elemento definitorio, el color en tintas planas y tonos diluidos se alterna con la modulación cromática de pinceladas sueltas y color saturado y la inclusión de materiales extraños que texturizan las superficies.

El autor nos remite por momentos a sitios de la historia del arte donde se produjeron acontecimientos técnicos o variaciones formales que decidieron el arte contemporáneo como el posimpresionismo, o nos aleja hacia otras culturas en su elección del punto de vista aéreo, el color en planos diluidos o la inclusión de tintas doradas en los paisajes de tono japonés.

Su obra se manifiesta así como de búsqueda persistente, aquella de los creadores que intentan abrirse paso en la selva espesa y laberíntica del arte, buscando un claro, un sitio luminoso desde donde devolver la realidad transfigurada por la energía o la poesía.

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